El MP3 y la nueva revolución que la industria no vio venir
A finales de los años 90 llegaría la revolución informática inesperada por parte de la industria discográfica, revolución de la que apenas hace 4 o 5 años podemos decir que se ha terminado por restablecer cierta normalidad y estabilidad en la industria discográfica.
En los años 80, Karlheinz Brandenburg, ingeniero de sonido director de tecnologías de medios electrónicos del Instituto Fraunhofer IIS, pretendía patentar un sistema de compresión de música para transferir música a través de las líneas telefónicas. Tras muchos años de esfuerzos, consiguieron los primeros resultados cuando se dieron cuenta que lo mejor era optar por un sistema que aprovechaba las limitaciones del oído humano. Es decir, recortarían información sustancial del fichero de audio con la premisa de que aquello que no percibe el oído humano, no es necesario incluirlo en el fichero. De esta manera, con mucho esfuerzo, nació el MP3, sistema de compresión que por ejemplo omite frecuencias por encima de los 16.000 hertzios. Por establecer una comparativa, el CD muestra frecuencias hasta los 20.000 hertzios y los discos de vinilo, 30.000 hertzios.
Es conocido el hecho de que Brandenburg utilizó el tema acapella «Tom’s Diner» de la cantante Suzanne Vega para afinar el algoritmo de compresión. La voz humana cálida y llena de matices suponía la última frontera para un algoritmo de compresión de audio. Cuando Brandenburg pasó esta canción por primera vez por la codificación MP3, la canción sonaba como una completa aberración llena de siseos, silbidos e interferencias. Karlheinz Brandenburg tuvo que escuchar el tema cantado por Suzanne Vega más de 1000 veces para ir afinando la compresión y que el sonido final fuera algo parecido al del CD.
Finalmente en 1992 la ISO incluyó al MP3 como un estándar de compresión de audio y al año siguiente se consolidaría al formalizarse su uso dentro del estándar de vídeo MPEG.
Utilizado inicialmente con fines profesionales como los de entregar música a los estudios de radio, en 1995 se comenzó a pensar en sus posibilidades de cara a la emergente internet. Se pensó también en sus posibilidades comerciales estableciéndose como un sistema mediante el cual las empresas codificarían la música en este formato y los consumidores tendrían acceso a esta música mediante software económico que decodificara este formato. Winamp fue el primer éxito comercial en este sentido.
Sin embargo apenas pasarían 2 años desde que se comenzó a utilizar mp3 como fichero de audio hasta que un hacker Australiano compró el software de codificación y hackeó utilizando ingeniería inversa. Lo subió entonces a un servidor público para que fuera de dominio público.
Esto supuso el principio de una guerra entre el formato MP3 y la industria discográfica vio como el formato facilitó a los consumidores encontrar la manera de escuchar y coleccionar música sin pagar por ello. La industria discográfica perdió el control en detrimento de los consumidores y asistiríamos al triunfo de un sistema de sonido implantado en diversidad de dispositivos debido a un cúmulo de casualidades. Una vez más asistiríamos a una involución del formato de Audio aunque esta vez por el simple inmovilismo de la industria discográfica.
Las plataformas de Streaming y más allá
La irrupción del MP3 supuso entrar en una era de pirateo de música sin precedentes. Llegarían los Napster, Audiogalaxy, Kazaa o Emule entre otros muchos que permitirían a los usuarios descargarse canciones a través de redes P2P sin pestañear. La industria discográfica no supo muy bien como reaccionar pero la estadística de entonces ya indicaba claramente que los usuarios querían utilizar internet como medio para escuchar o descargar música. Pasarían unos pocos años para que la industria averiguase nuevas formas de monetizar su contenido. Llegaría el Itunes Store en 2003 como servicio que permitiría comprar música y descargarlo. 3 años más tardes arrancaría Spotify, yendo un paso más allá y permitiendo descargar la música previo pago o escucharlo mediante streaming. Hoy en día con la salida de otros servicios de streaming como Google Play Music, Apple Music o Amazon music, la reproducción de música vía streaming como servicio de pago es una realidad asentada que ha llevado a la industria discográfica a su mayor crecimiento en 20 años.
Tendencia actual del crecimiento de las ganancias de la industria discográfica a nivel mundial desde 2012 y previsión hacía el año 2021 según Statista: https://www.statista.com/statistics/259979/global-music-industry-revenue/
Mientras tanto en España… la inmoralidad de ministros
Mientras tanto, en el espacio de más o menos una década entre el 2005 y 2015 y habiéndose consolidado ya algunos servicios de descarga de pago como el Itunes Store, en España asistíamos atónitos al incesante bombardeo de medios de comunicación que asociaban las descargas musicales de internet con la «descarga ilegal» como si de un mensaje subliminal se tratase.
Poco se imaginaban entonces la realidad actual comandada por servicios de streaming.
En 2009 se propusieron una serie de cambios en la ley de propiedad intelectual y la ley que se centra en la protección de la propiedad intelectual con objeto de permitir a un grupo reducido de personas seleccionadas a dedo por el ministerio de cultura tener la potestad de cerrar páginas Web que, según su criterio vulnerasen los derechos propiedad intelectual. Era la conocida como «ley sinde», una extravagante e inmoral decisión que lejos de buscar alternativas y soluciones, retrataba una clase política que parecía infiltrada de arriba a abajo por el lobby de la industria audiovisual.
En Diciembre de 2010 Wikileaks reveló que parte de la ley Sinde se ideó y redactó a partir de presiones de lobbys de Estados unidos que representaban a las industrias audiovisuales. El diario elpais publicaría un extenso artículo en Diciembre de 2010 sobre las revelaciones de Wikileaks: https://elpais.com/elpais/2010/12/03/actualidad/1291367868_850215.html
En la gala de los Goya de 2011, el entonces presidente de la Academia de cine, Álex de la Iglesia aseguraba que «Internet es la salvación de nuestro cine» en un controvertido y polémico discurso que tratando de ser lo más diplomático posible, dejaba ver sus diferencias con la política de protección a la propiedad intelectual de entonces. Fué uno de las pocas muestras de lucidez en público por parte de una persona importante vinculada a la industria audiovisual. Lamentablemente fue también un espejismo en el recorrido de esta historia plagada de continuos ataques grotestcos a la inteligencia del consumidor de Arte en general.
En 2015, el ahora ex ministro de Cultura y Deporte, Màxim Huerta, en una entrevista a «Gente Digital» y tras preguntarle por las medidas que le gustaría ver en materia cultural, afirmó: «Contra la piratería, robar debería estar penado«, sin analizar ninguna otra circunstancia de las costumbres y cultura del usuario amante de la música que ya había cambiado profundamente entonces. Recién nombrado ministro de cultura en Junio de 2018, Màxim Huerta señalaba la lucha contra las «descargas» como la medida que más le gustaría escuchar en materia cultural. Mientras Màxim Huerta anunció su dimisión tras siete días, al salir a la luz una antigua infracción tributaria de doce años atrás, me acordaría de su frase lapidaria «Pirata no, ladrón» publicado en «El Español» en 2016. Enseguida viene a la mente el refranero y el «Cree el ladrón que todos son de su condición«.
¿Dónde estamos hoy?
La industria discográfica vive un moderado crecimiento desde 2012 y los servicios de streaming parecen haberse asentado y definido. Algunos servicios como el de Amazon Music Unlimited han ido redifiniéndose y eliminando opciones que antes si tenían. Por ejemplo, antes se permitía compartir música de tu propia biblioteca con el de amazon y ahora no.
Todo es claro indicativo de que estas compañías han sabido dónde trazar la línea roja entre las prestaciones de su producto y la rentabilidad que ofrece. Entrados 2 décadas en la era digital, industria discográfica y proveedores de servicios conocen mejor que nunca las posibilidades de monetización de la descargas digitales y han vuelto a recuperar el control de una situación que se les había ido de las manos. Pero este control en ningún momento ha llegado por los esfuerzos que hayan podido realizar las grandes productoras musicales.
Piratería y la industria discográfia – Conclusión
Las plataformas de Streaming principales como Spotify, Google play Music, iTunes y Amazon Music son fantásticas y versátiles pero no hacen que disfrutemos más de la música que en los años 80 con nuestros discos de vinilo. Me sorprendería encontrar un amante de la música, que acostumbrado a disfrutar de su equipo de altas prestaciones «high end» en el hogar, afirmara que disfruta más de la experiencia de escuchar música en Spotify que reproduciendo uno de sus viejos vinilos o CDs en el salón de su casa. Son experiencias completamente distintas y como tal, deberían entenderse como productos distintos, enfocados a diferentes necesidades.
El hecho de vendernos el producto a través del eslógan «40 millones de canciones al alcance de tu mano» significa que o bien no entienden lo que significa disfrutar verdaderamente de la música o lo ignoran directamente (causa más probable). Tal vez quieran hacernos creer que cantidad es sinónimo de calidad. Por otro lado, la época de amasar y piratear cientos o miles de álbumes o videojuegos de consola, nos ha enseñado que quienes lo han hecho, no han tocado el 99% de ese catálogo.
Tampoco nos olvidemos de todo lo que no ofrecen estos servicios. Aún no es posible comprar y descargar música en alta definición de estas plataformas. Dispongo por tanto de una colección FLAC extraído de mis propios CDs que supera ampliamente la calidad que me puedan ofrecer estas plataformas y no puedo descargarme legalmente música con la misma calidad que mis CDs de audio.
Si un vendedor de coches me ofreciera un vehículo con prestaciones de hace 10, sin elevalunas eléctrico, sin dirección asistida, etc. y me cobrara lo mismo que un coche que si tiene esas prestaciones, le acusaría seguramente de estafador. Entonces si una tecnología de 1982 como el CD de audio, tiene mejor calidad de sonido que una tecnología de 2018, ¿quién es el pirata? Y peor aún, ¿Por qué una tecnología de 1982 es el estándar físico de audio en 2018?
Señores ministros de cultura, productores y simpatizantes del movimiento «el consumidor es un ladrón»; Háganse esta pregunta: ¿Quién es verdaderamente más inmoral, el consumidor al que tanto denigran o ustedes mismos?
Como pueden ver, no es necesario debatir sobre descargas ilegales para hablar de piratería… la de los «otros piratas».
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Este artículo es la continuación de: Industria discográfica vs Consumidor. Parte 1: ¿Pero qué nos estáis vendiendo?